Hoy recordé cuando en la Cuarta República era chamo y mi familia pasó mucho trabajo. Quebró la empresa de mi Papá por culpa del Viernes Negro, y nos cayó encima la hipoteca con la cual habíamos comprado la casa. Todos los gastos tuvieron que ser restringidos, entre ellos la comida.
Tuvimos que rebajar el desayuno a solo dos arepas con mantequilla nacional, y para rellenar solo teníamos disponible perico, jamón, queso o diablitos.
El almuerzo quedó restringido a pasta (larga, corta, plumitas, tornillitos, caracolitos) con carne molida, o arroz, huevo frito y caraotas, o un bistek con papas fritas, o un pollo al horno con papas. De cena pan canilla otra vez con jamón y queso, o hamburguesas o perros calientes con salsa de tomate, mayonesa y mostaza. Eso sí, sin papitas.
Tuvimos que abandonar la leche descremada, y empezamos a tomar leche completa, Toddy o Rikomalt, chicha, Tang o jugos de fruta.
Mi mamá nos rebajó el dinero diario para el colegio. De cinco Bs pasamos a solo dos Bs, y eso solo me alcanzaba para un Rikomalt, un pan de leche y un chocolate Cricri.
Fue una época que debió parecerme verdaderamente horrible, pero por alguna extraña razón, no recuerdo haber sufrido nada.
jueves, 26 de mayo de 2016
domingo, 27 de marzo de 2016
Dos Venezuelas
Voy con mi esposa a comprar cocada. Hay dos en La Guairita. Una cerca, otra lejos. Vamos a la cercana. Es tarde, y desde la acera de enfrente le pregunto al dueño si tiene cocada. El tipo me ve, pero se hace el loco y se sienta, ocultando el rostro tras el kiosko. Damos una vuelta y nos colocamos en su acera. Le vuelvo a preguntar, pero el tipo se sigue haciendo el loco sin asomar el rostro.
Le vuelvo a preguntar más fuerte pensando que quizás no escucha, y sin moverse ni asomarse, me grita que si no me bajo del carro, no me va a contestar. Ante tal muestra de soberbia, nos dirigimos al otro kiosko. Llegamos y ya habían cerrado. El dueño me pregunta que deseo, y le digo que cocada. "Ya se la preparo". Volvió a abrir su kiosko, preparó las cocadas, y cuando voy a pagar, me entero que no hay punto de venta. No traigo efectivo. El señor me dice: "Tranquilo, me pagas cuando puedas".
No pude evitar pensar en dos Venezuelas, separadas apenas por unas cuadras. Una acomplejada, resabiada y mezquina, la otra buena, amable y pujante.
La primera es la actual, un accidente, un experimento perverso que nunca debió ocurrir.
Por suerte, en algunos rincones pervive la segunda, la que siempre conocí, donde me crié y crecí. La que amo.
Le vuelvo a preguntar más fuerte pensando que quizás no escucha, y sin moverse ni asomarse, me grita que si no me bajo del carro, no me va a contestar. Ante tal muestra de soberbia, nos dirigimos al otro kiosko. Llegamos y ya habían cerrado. El dueño me pregunta que deseo, y le digo que cocada. "Ya se la preparo". Volvió a abrir su kiosko, preparó las cocadas, y cuando voy a pagar, me entero que no hay punto de venta. No traigo efectivo. El señor me dice: "Tranquilo, me pagas cuando puedas".
No pude evitar pensar en dos Venezuelas, separadas apenas por unas cuadras. Una acomplejada, resabiada y mezquina, la otra buena, amable y pujante.
La primera es la actual, un accidente, un experimento perverso que nunca debió ocurrir.
Por suerte, en algunos rincones pervive la segunda, la que siempre conocí, donde me crié y crecí. La que amo.
viernes, 18 de marzo de 2016
El ladrón de Paguaras
A Rubén Penott
Encontré a Rubén buceando en el corral de las paguaras. A ratos asomaba el snorkel, a ratos se hundía en las aguas someras y cristalinas del corral, revolviendo la arena del fondo. Salió molesto y se sentó rezongando en el muelle anexo.
Rubén es uno de los técnicos más preparados y comprometidos que he conocido. No era común ver una sonrisa en su rostro adusto. De caminar rápido y nervioso, sobre el reposaba gran parte del funcionamiento de las magníficas instalaciones de Fundaciencia, que colindan directamente con las aguas tranquilas de la Bahía de Mochima.
-¿Qué pasa Rubén?
Con la careta sobre la frente, las manos presas entre sus rodillas y sin dejar de mirar al corral, contestó:
-Alguien se está robando las paguaras.
La paguara estaba siendo cultivada en cautiverio con éxito por la Fundación. Los alevines se criaban en tanques de diferentes tamaños, para luego pasar al corral de paguaras antes de su destino final, unos gigantescos y profundos corrales a mar abierto donde eran alimentadas desde la superficie. Es un pez hermoso, de nado rápido y elegante. Nadar entre ellas en el azul profundo de los grandes corrales mar afuera, era una experiencia mágica.
- ¿Crees que haya una rotura en el corral?
-Es lo que acabo de revisar — me dijo. ¿Tú podrías contarlas?
Entré al corral con la careta. Las paguaras nadaban apenas a metro y medio de agua, sobre un fondo de arena blanquísima y Thalassia.
Contarlas no era fácil, pero ayudaba su comportamiento gregario. La estrategia para contarlas consistía en construir una alcabala entre el cuerpo del buzo y las paredes del corral. Eso provocaba que las paguaras se aproximaran a las paredes y pasaran en fila india, la mayoría de las veces de una en una, otras de dos en dos.
Conté tres veces las paguaras. El número coincidía con el de Rubén.
-Falta una - me dijo. Y ayer desapareció otra, y anteayer otra. Todos los días desaparece una.
Revise el corral por un buen rato, buscando alguna fisura, un empate suelto en el nylon, un hueco debajo de las paredes de malla plástica. Nada. Aquel corral era a prueba de fugas.
- Mañana las contamos otra vez. Vas a ver que falta una - me dijo resignado.
Al día siguiente, llegando de mi jornada diaria, me estaba esperando Rubén en el muelle.
-Falta una.
Entré al corral y repetí la cuenta. Faltaba una paguara. Era ridículo pensar que en la noche alguien del pueblo se estaba llevando las paguaras de una en una.
Pensando un rato, se me ocurrió que el ladrón pudiera ser un pulpo.
- Quizás entra en las noches, se roba una paguara y sale otra vez.
A Rubén le pareció posible. Buscamos las caretas y chapaletas, y entre los dos revisamos toda la periferia del corral. No encontramos ningún pulpo.
Al día siguiente, faltaba otra paguara. Hicimos un doble control ese día y a las 4 de la tarde no faltaba ninguna. El ladrón de paguaras, sigiloso y eficiente, se las llevaba en algún momento entre el atardecer y el amanecer del día siguiente.
Llegamos a la conclusión de que un pulpo de buen tamaño había tomado el corral por despensa nocturna. Rubén se reuniría esa noche con unos pescadores, para buscar la forma de hacer una trampa que atrapara el pulpo sin afectar a las paguaras.
La tarde siguiente terminé temprano mi jornada. Después de recoger, lavar y ordenar mis equipos, me bañé y me senté un rato en el borde del agua, justo sobre el corral, contemplado el bello atardecer de la bahía.
Eran como las cinco y media de la tarde. Rubén iba y venía por el otro salón de cría, con mallas, palos, nylon y alambre, planeando el dispositivo para atrapar al ladrón. Empezó a dirigirse a paso rápido hacia el corral por la caminería externa, al borde del agua.
De pronto, detrás de él, se escuchó un fuerte y largo silbido. En solo pocos segundos, apareció la criatura dueña de aquel silbido. A toda velocidad, pasó a muy corta distancia de Rubén, adelantándolo rápidamente.
Entonces entendí todo.
Le grité a Rubén:
- ¡Rubén, allí! Pero Rubén venía concentrado, mascullando algo entre dientes.
- ¡Rubén, allí! Pero Rubén venía concentrado, mascullando algo entre dientes.
Alineado con la caminería, el ladrón de paguaras se dirigía directo al corral. Años de práctica habían convertido su vista y puntería en armas infalibles, que ya habían determinado la suerte de su víctima.
Volví a gritarle - ¡Rubén! ¡El corral!
Rubén escuchó y dirigió la mirada al corral, en el momento justo en que aquella implacable máquina cazadora se zambullía en el corral y tomaba con firmeza su presa. Contra el cielo violáceo de aquel atardecer en Mochima, se recortó el perfil de un águila pescadora, llevando entre sus poderosas garras una paguara chorreando agua, aún temblorosa.
Rubén levantó el puño y empezó a lanzarle gritos con el ceceo y la jerga característica de los habitantes de nuestro oriente, abundante en palabras como maldita, pescuezo y mal parida.
Al ver a Rubén enrojecido como un tizón, gritando maldiciones pueriles, no pude evitar soltar la risa. Me miró indignado, pero yo, señalando al águila, no podía parar de reír. Finalmente, se sentó al lado y se unió a mis carcajadas.
-Mañana colocamos nylon de color sobre el corral - le dije.
Asintió sin decir palabra.
Nos quedamos en silencio, los pies guindando sobre el agua, contemplando la bahía de aguas inmóviles que él quería tanto, y que yo empezaba a querer.
miércoles, 6 de enero de 2016
El Ávila
En estos días de Enero, con poco tráfico, pocas nubes y un cielo de azul impecable, me voy al trabajo por la Cota Mil.
El Ávila es una ola gigante de optimismo bramando su energía, siempre a punto de bañar la monstruosa metrópoli a sus pies, que se antoja agresiva y vil.
Algunos insisten en llamar al Cerro El Ávila "Waraira Repano", un dudoso invento panfletario en honor a las "voces originarias", que alguien sacó del bolsillo sin mucha suerte. Pero en los ecos de mi infancia, es "El Ávila" la sonoridad que despierta vivas emociones. Cuando mis ojos recorren su perfil, siento lástima por todos aquellos Caraqueños que no lo perciben como un privilegio, y siento rabia por los que hoy permiten su grosera invasión.
Algunas tardes, aun sabiendo que hay más tráfico, regreso a mi casa bordeando El Ávila con el sol en la espalda. En una ciudad sin memoria donde ciudadanos indolentes parecen vivir de paso, El Ávila es un cuadro de hermosura inimitable, la tregua en un lienzo de esperanza, armonizando con los resquicios de una añorada ciudad en la que algunos hurgamos hambrientos de belleza.
martes, 10 de noviembre de 2015
Alien
Alien
La pareja camina por un pasillo muy iluminado dentro del hospital.
Son jóvenes, casi niños.
El carga a la niña que duerme sobre su hombro, y revisa a contraluz una radiografía.
-Parece un Alien - bromea. Y se la muestra a ella.
Ambos ríen.
Son jóvenes, casi niños.
El carga a la niña que duerme sobre su hombro, y revisa a contraluz una radiografía.
-Parece un Alien - bromea. Y se la muestra a ella.
Ambos ríen.
Ellos regresan por el pasillo.
La niña aún duerme sobre el hombro del padre.
Ella llora desconsoladamente, balbuceando palabras ininteligibles.
El revisa con ojos de espanto la radiografía.
El diagnóstico: un Alien.
La niña aún duerme sobre el hombro del padre.
Ella llora desconsoladamente, balbuceando palabras ininteligibles.
El revisa con ojos de espanto la radiografía.
El diagnóstico: un Alien.
De la serie Leukemia.
Agosto 2000.
Agosto 2000.
Un sueño perfecto
Hace muchos años asistí a una convención científica en la ciudad de Coro. Tuvimos problemas para encontrar alojamiento, pero en la Universidad un amable muchacho se ofreció a alojarnos en su casa. Era una gigantesca casa colonial, en una pequeña colina al lado de la carretera antes de llegar a Coro. En esa casa, había varios pasillos llenos de literas y chinchorros. Tres muchachas en la cocina preparaban durante todo el día comida para los jóvenes que allí nos quedamos durante una semana. Todos allí éramos invitados, y no se nos exigió pago alguno, a pesar de que ofrecimos aportar algún dinero. La madre del muchacho era el motor de aquella casa. Daba órdenes para que las camas y los baños estuvieran limpios, y para que hubiera siempre comida en los grandes mesones en un área al lado de la cocina. En la mañana, sin importar la hora, esperaban sobre la mesa arepas, cachapas, queso, frutas y jugos en abundancia. En la noche, encontrábamos arroz, pollo, carne mechada, caraotas, tajadas pan y papelón con limón. Un par de docenas de personas compartíamos aquella casa, sumida en una armonía impuesta por su dueña, profesora de la Universidad.
Culta y educada, aquella dama nos contaba en las noches historias amenas, que mostraban su vasta cultura y su inmenso amor por Venezuela. Una noche nos contó que todo el terreno de su casa escondía restos arqueológicos de los indios Caquetíos. Ante la insistencia de un pequeño grupo, nos llevó a un gigantesco depósito anexo, donde estaban ordenadas y clasificadas cientos de estatuillas y vasijas precolombinas, cada una con su etiqueta y su respectivo registro, guardadas cuidadosamente en cajas. A la luz de un bombillo amarillento, observamos también una docena de pipotes llenos de restos de vasijas y platos rotos. Eran tantos los artefactos encontrados durante las diferentes remodelaciones de la casa, que por falta de espacio la universidad le pidió que los mantuviera en su casa, hasta que algún día se contara con los recursos necesarios para estudiarlos y exponerlos.
Una tarde ayudaba a la dueña a sembrar un limonero en el patio posterior, y encontramos enterrada una vasija precolombina, partida en dos por el cuello. Le pregunté si podía quedármela y ante mi insistencia aceptó con la condición de que ninguna otra persona de la casa lo supiera. Registró mis datos en su fichero, y me hizo prometer que la cuidaría y la entregaría si algún día era requerida.
Mis recuerdos de esa semana son extrañamente parcelados. No hay una continuidad de recuerdos sino una isla inmensa y concisa rodeada de aguas difusas. No recuerdo absolutamente nada del Congreso, ni de la Universidad, ni de la Ciudad de Coro. No recuerdo si la casa estaba a cinco minutos o a media hora de la ciudad, y no recuerdo cómo hacíamos para llegar hasta ella o regresar a la casa. No recuerdo el nombre de la dueña de la casa, ni de su amable hijo. Y tampoco puedo recordar nada acerca del paisaje externo que rodeaba aquella casa, que vista tenía, si se veía el mar o los médanos o la ciudad. Pero puedo recordar nítidamente la sensación cálida de hogar que invadía aquella casa, el olor a maderas, terracota y sol de desierto, la paz serena en la luz de final de los pasillos, el cariño humano de esa buena gente. Esa casa era como un gigantesco instrumento musical de ladrillo y madera, que con armónica sincronía pulsaba la dueña de aquella casa.
Ese recuerdo es tan intenso y preciso, y al mismo tiempo tan aislado de sus memorias circundantes, que muchas veces dudo y pienso que todo aquello fue tan solo un raro sueño.
Entonces, sobre una repisa en mi estudio, contemplo la vasija indígena. La luz del techo resalta la severidad de su rostro adusto y sombrea sus ojos achinados, cerrados desde siempre en permanente meditación por más de 500 años. A través de sus párpados, me observa sin mirarme, cómplice silente de nuestro secreto.
Confirmo entonces, que todo aquello solo pudo haber sido un sueño perfecto.
sábado, 27 de junio de 2015
Manifestaciones y mangos
Esta noche soñé que bajaba de mañana por una cuesta en una urbanización humilde llena de árboles y de casitas pequeñas. De pronto, a mi espalda escuché gritos y alboroto. Un grupo de personas armadas con palos y piedras, bajaba también por la cuesta, gritando consignas contra el gobierno.
¡Ya basta! - gritaba una señora enfurecida. ¡Ya hemos tenido suficiente! - gritaba otra.
Me incluí al grupo, y poco a poco se fue sumando más gente, hasta que llegamos a ser unas 4 docenas.
Un muchacho gritó - ¡Vamos a tumbar a este Gobierno! - y por un momento pensé que podía ser posible, que si este grupo seguía sumando gente, al llegar a la avenida sería una masa gigante, y que si las urbanizaciones cercanas se sumaban, sería una poblada indetenible.
De pronto llegamos a una zona de árboles de mango, repletos de frutos maduros. Unos muchachos se apartaron a un lado, y empezaron a tumbar mangos con las piedras y palos que llevaban. Cayeron varios mangos que los muchachos recogieron y empezaron a comer de inmediato. Entonces la poblada se detuvo. Un grupo fue hacia un árbol de mango, otro grupo fue hacia el otro, y pronto estaban todos, unos tirando piedras y palos, otros recogiendo mangos en bolsas que encontraban en la calle, todos compartiendo mangos con todos. Aquellas personas que minutos antes miraban con furor encendido hacia la avenida, ahora miraban con interés infantil hacia las copas de los árboles. Las bolsas y paquetes se llenaron de mangos. Algunos muchachos se quitaron las franelas y con ellas hicieron pequeños sacos para llevar sus mangos. Y poco a poco, con sus bultos de mango, la gente empezó a subir la cuesta de regreso a sus casas, comiendo mango en silencio, o bromeando por el hilo entre los dientes, o por la cara sucia.
Yo miraba estupefacto, como si hubiera participado de una mala obra de teatro.
Desperté con la extraña certeza de haber entendido por vez primera, la esencia de lo que pasa en mi Venezuela.
¡Ya basta! - gritaba una señora enfurecida. ¡Ya hemos tenido suficiente! - gritaba otra.
Me incluí al grupo, y poco a poco se fue sumando más gente, hasta que llegamos a ser unas 4 docenas.
Un muchacho gritó - ¡Vamos a tumbar a este Gobierno! - y por un momento pensé que podía ser posible, que si este grupo seguía sumando gente, al llegar a la avenida sería una masa gigante, y que si las urbanizaciones cercanas se sumaban, sería una poblada indetenible.
De pronto llegamos a una zona de árboles de mango, repletos de frutos maduros. Unos muchachos se apartaron a un lado, y empezaron a tumbar mangos con las piedras y palos que llevaban. Cayeron varios mangos que los muchachos recogieron y empezaron a comer de inmediato. Entonces la poblada se detuvo. Un grupo fue hacia un árbol de mango, otro grupo fue hacia el otro, y pronto estaban todos, unos tirando piedras y palos, otros recogiendo mangos en bolsas que encontraban en la calle, todos compartiendo mangos con todos. Aquellas personas que minutos antes miraban con furor encendido hacia la avenida, ahora miraban con interés infantil hacia las copas de los árboles. Las bolsas y paquetes se llenaron de mangos. Algunos muchachos se quitaron las franelas y con ellas hicieron pequeños sacos para llevar sus mangos. Y poco a poco, con sus bultos de mango, la gente empezó a subir la cuesta de regreso a sus casas, comiendo mango en silencio, o bromeando por el hilo entre los dientes, o por la cara sucia.
Yo miraba estupefacto, como si hubiera participado de una mala obra de teatro.
Desperté con la extraña certeza de haber entendido por vez primera, la esencia de lo que pasa en mi Venezuela.
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