El hall del hotel era oscuro pero cómodo y espacioso. Los recién llegados se acomodaban siguiendo el arcano impulso tribal de agruparse por idioma nativo. Los latinos éramos la cohorte más grande y bulliciosa, y el inglés servía de hilo comunicacional entre los grupos.
Todos los presentes pasaríamos varias semanas estudiando en la Universidad de Gainesville (Florida), y el director del laboratorio intentaba forzar nuestra integración multicultural para hacernos más llevadero el curso. Bajo su guía, estaríamos reunidos un grupo internacional conformado por especialistas de Estados Unidos, México, Costa Rica, Venezuela, Brasil, Australia, Malasia, Sri Lanka e India.
En un momento dado, la combinación aleatoria de pausas de cada grupo hizo sincronía y se hizo un silencio denso y prolongado que pareció posarse cómodamente sobre el ébano pulido del piano de cola ubicado en el centro del salón.
Tratando de salvar lo que le pareció un naufragio, el director preguntó con sorna quién podría tocar algo en el piano. La tímida integrante de Malasia levantó la mano, y animada por el director, se sentó en la banqueta que no se atrevió a crujir.
La expectativa acerca de que pieza tocaría sustituyó al silencio por unos pocos segundos. Apenas sonaron las primeras notas, una a una se fueron uniendo todas las voces, confirmando una vez más la existencia de un lenguaje universal que hermana a los homínidos de nuestra especie.
Cautivados por el hechizo embrujador de Bésame mucho, aquel coro multinacional borraba, acento sobre acento, la frontera imaginaria de nuestras inútiles banderas.
sábado, 2 de noviembre de 2019
jueves, 24 de agosto de 2017
Ineluctable
Tenía ojos lindos. Pero era una niña muy flaca, muy flaca. Nunca vi una niña tan flaca. Sufría del corazón. Decía que tenía el corazón débil. Siempre lo decía. No corría con nosotros, ni jugaba a las escondidas, ni saltaba la cuerda. No podía hacer ningún ejercicio. Solo leía libros. Siempre leía libros.
Era muy seria, nunca reía y hablaba como una persona mayor. Como la gente de las novelas. Nunca la vi reír.
Sus padres gastaron una fortuna en doctores y operaciones por todo el mundo. Así decía mi madre. Y era cierto, porque por el cuello de su franela asomaban varias cicatrices.
Al poco tiempo de conocerla se puso muy enferma y vi de lejos como la llevaban en silla de ruedas. Me contaron que le pidió a sus padres que la subieran en la montaña rusa que habían instalado en la ciudad. Me dijeron que los padres no querían porque su corazón no aguantaría. Ella les contestó que estaba lista para morir. Eso dicen que dijo. Que ya no podía seguir con esa vida. Los padres accedieron y la dejaron subir en la montaña rusa.
Dicen que cuando se detuvo el carrito, ella ya estaba muerta.
Cuentan que tenía la cara vuelta hacia el cielo, los ojos muy abiertos, y una bella sonrisa.
Así me dijeron.
Era muy seria, nunca reía y hablaba como una persona mayor. Como la gente de las novelas. Nunca la vi reír.
Sus padres gastaron una fortuna en doctores y operaciones por todo el mundo. Así decía mi madre. Y era cierto, porque por el cuello de su franela asomaban varias cicatrices.
Al poco tiempo de conocerla se puso muy enferma y vi de lejos como la llevaban en silla de ruedas. Me contaron que le pidió a sus padres que la subieran en la montaña rusa que habían instalado en la ciudad. Me dijeron que los padres no querían porque su corazón no aguantaría. Ella les contestó que estaba lista para morir. Eso dicen que dijo. Que ya no podía seguir con esa vida. Los padres accedieron y la dejaron subir en la montaña rusa.
Dicen que cuando se detuvo el carrito, ella ya estaba muerta.
Cuentan que tenía la cara vuelta hacia el cielo, los ojos muy abiertos, y una bella sonrisa.
Así me dijeron.
lunes, 14 de agosto de 2017
Esperanza
Esta noche soñé que era un consultor haciendo un trabajo temporal en Perú. Salí del edificio de oficinas con mucha hambre, y se me antojaron unas empanadas. Me dirigí raudo a un mercado cercano donde noté en la mañana varios chiringuitos que expendían fritangas diversas. En el camino me encontré a otro consultor ecuatoriano que conocí en Argentina. Vale decir que jamás he estado en Perú ni Argentina, pero "los sueños sueños son", y quiero ser fiel a lo que soñé.
No recordaba el nombre del consultor ecuatoriano, y el tampoco el mío. Nos actualizamos la información, nos pusimos al día con un resumen rápido de nuestras vidas, y resultó que él era un apasionado por la comida peruana, y alto conocedor de puestos de comida allí en Lima. Al saber que quería comer empanadas, me recomendó un sitio y me pidió que lo siguiera.
Me llevó a un local en plena calle cuya especialidad eran empanadas de calamares. Al llegar, el consultor ecuatoriano me fue explicando cada una de las fases de la preparación de tan exquisito plato. Se usaban calamares muy pequeños, del largo de un dedo, a los cuales se les separaba las cabezas y tentáculos para freírlas aparte. Los calamares destazados se freían empanizados en conchas de cereal fragmentado, pues se deseaba una consistencia crujiente. El aceite contenía hierbas que le daban a la fritura un olor muy agradable. Luego, se rellenaban las empandadas con los cuerpos y cabezas de calamar rebozados, y se freían en aceite muy caliente para que todo el conjunto quedara extra crujiente.
Mis empanadas estaban listas. El dependiente me las entregó en una bolsita de papel junto con unas servilletas. Tenía la bolsa en la mano, empecé a abrirla, y toda la escena empezó a ponerse blanca. Todo se difuminaba rápidamente: me estaba despertando.
Desesperado, empecé a gritar en el sueño que no se acabara, que necesitaba probar esas empanadas. Pero la luz de la ventana entraba por mis párpados y arrebató para siempre mi experiencia culinaria.
Ya despierto, una parte de mi cerebro reconocía con desesperación que jamás probaría aquellas empanadas. Pero otra parte de mi cerebro gritaba, batallando con el enredo de jirones del sueño, que fuera a la cocina, que quizás allí sobre la mesa me estaba esperando una bolsa de papel manchada de aceite, con aquel tesoro dorado en su interior, aún caliente y humeante.
No recordaba el nombre del consultor ecuatoriano, y el tampoco el mío. Nos actualizamos la información, nos pusimos al día con un resumen rápido de nuestras vidas, y resultó que él era un apasionado por la comida peruana, y alto conocedor de puestos de comida allí en Lima. Al saber que quería comer empanadas, me recomendó un sitio y me pidió que lo siguiera.
Me llevó a un local en plena calle cuya especialidad eran empanadas de calamares. Al llegar, el consultor ecuatoriano me fue explicando cada una de las fases de la preparación de tan exquisito plato. Se usaban calamares muy pequeños, del largo de un dedo, a los cuales se les separaba las cabezas y tentáculos para freírlas aparte. Los calamares destazados se freían empanizados en conchas de cereal fragmentado, pues se deseaba una consistencia crujiente. El aceite contenía hierbas que le daban a la fritura un olor muy agradable. Luego, se rellenaban las empandadas con los cuerpos y cabezas de calamar rebozados, y se freían en aceite muy caliente para que todo el conjunto quedara extra crujiente.
Mis empanadas estaban listas. El dependiente me las entregó en una bolsita de papel junto con unas servilletas. Tenía la bolsa en la mano, empecé a abrirla, y toda la escena empezó a ponerse blanca. Todo se difuminaba rápidamente: me estaba despertando.
Desesperado, empecé a gritar en el sueño que no se acabara, que necesitaba probar esas empanadas. Pero la luz de la ventana entraba por mis párpados y arrebató para siempre mi experiencia culinaria.
Ya despierto, una parte de mi cerebro reconocía con desesperación que jamás probaría aquellas empanadas. Pero otra parte de mi cerebro gritaba, batallando con el enredo de jirones del sueño, que fuera a la cocina, que quizás allí sobre la mesa me estaba esperando una bolsa de papel manchada de aceite, con aquel tesoro dorado en su interior, aún caliente y humeante.
lunes, 5 de junio de 2017
Gracias a la Reina
Hace muchos años me quedé sin gasolina manejando por la Autopista Francisco Fajardo, justo frente a la estatua de María Lionza. Aunque muchos conductores lo desconozcan, entre la estatua y la UCV hay un espacio para aparcar. Al apagarse mi vehículo, fui derivando hacia la derecha atravesando lentamente los canales de la autopista, solitaria a esa hora de la madrugada. A pesar de circular por allí casi a diario jamás había notado ese espacio. El empuje del vehículo me dió justo para estacionarme en el largo canal disponible, y noté en la oscuridad un vehículo estacionado adelante del mío.
Cuando estás sin gasolina a las dos de la mañana en una ciudad donde el crimen es un rasgo característico (hablamos de los años 80 y ya Caracas era peligrosa), cualquier posibilidad de ayuda es bienvenida.
Me dirigí al vehículo frente al mío, un Ford Maverick de color indescifrable en aquella oscuridad, digno sobreviviente de un apocalipsis nuclear. Los vidrios estaban subidos del lado del conductor, pero pude notar que había alguien adentro.
Al bajar el vidrio, un espeso y húmedo vaho de marihuana y transpiración humana escapó por la ventana, y entonces pude ver en la penumbra a un hombre de unos 70 años, de tez morena muy arrugada, con una gran cabellera rizada que culminaba en una melena larga y plateada, que le bajaba hasta la mitad de la espalda.
Me saludó con tranquilidad y yo le expuse mi problema. Mientras hablaba con él, noté que sus ojos eran muy claros y que sufría de una especie de estrabismo selectivo. A veces su mirada la dominaba el ojo izquierdo, a veces el derecho. Para hacer la conversación aún más incómoda, noté que acurrucada sobre sus piernas estaba una mascota de pelaje oscuro que oscilaba lentamente una parte no identificable de su cuerpo. Mientras luchaba por identificar el ojo líder sobre el cual concentrar mi mirada, intentaba al mismo tiempo descifrar si aquel borroso animal sobre sus piernas era un cánido, un felino, un lagomorfo o un gremlin.
El no respondió de inmediato. Hechó su cabeza hacia atrás, se llevó un pito a los labios y dió una larga bocanada. Con los ojos cerrados soltó suavemente un hilo de humo por su nariz.
De pronto se levantó la mascota de sus piernas. Aquel animal entre las sombras resultó ser una hermosa joven de piel muy blanca, vestida de negro, con un hermoso cabello azabache, lacio, largo y brillante.
Pedí disculpas muy turbado, pues pocas faltas son más graves que la interrupción de una felatio, incluso cuando ha sido sin intención.
Pedí disculpas muy turbado, pues pocas faltas son más graves que la interrupción de una felatio, incluso cuando ha sido sin intención.
El hombre se incorporó un poco, y me dijo que esperara en mi vehículo. Subió el vidrio nuevamente, y esperé cerca de una media hora. La noche caraqueña tiene siempre esa temperatura perfecta para estar en franela, así que me tumbé en el capot de mi auto a esperar la ayuda, sin ninguna intención de interrumpir nuevamente a tan dispareja pareja.
Por fin salió el hombre. Flaco y fibroso, se acercó muy despacio. Su ojo izquierdo me preguntó si tenía todo lo necesario. Yo había tenido tiempo suficiente para preparar una manguera y un recipiente, así que nos dirigimos a su vehículo.
-Dejame a mí - me dijo su ojo derecho, quitándome la manguera. Introdujo la misma en su vehículo, aspiró con maestría, sacó la gasolina y llenó el recipiente. Luego repitió la operación a la inversa con mi vehículo. Di un par de choleadas al acelerador, y el Ford Fairlane 500 de mi padre encendió a la primera.
Le di las gracias, y le ofrecí unos billetes. Negó el ofrecimiento con un gesto de la mano y por varios segundos sus ojos se pelearon el dominio de la mirada.
- No me des las gracias a mi. Dale las gracias a la Reina- y señaló la estatua de María Lionza.
Asentí, y salí de aquel lugar a buscar una bomba de gasolina.
Fue quizás esa primera aproximación a la Diosa y sus seguidores, la que años más tarde me blindó contra muchos de los injustos prejuicios que se escuchan en nuestros días sobre la santería.
Allí sigue la estatua, o mejor dicho, una réplica idéntica de la original. Le tomé una foto que publicaron en un periódico, y así le rendí un pequeño pero agradecido homenaje a esa Diosa de caderas anchas y nalgas voluptuosas, que durante años ha distraído la mirada cansada de los que padecemos a diario el pesado tráfico caraqueño.
sábado, 26 de noviembre de 2016
Un desierto de sabor
La madre mete una caja grande de color marrón-pardosa en el carrito de mercado. El niño pregunta qué es, y ella le contesta Zucaritas. El niño no le cree. Las Zucaritas son una caja azul vistosa, con un tigre anaranjado y detalles en amarillo y rojo. Revisa la caja sepia. Lee despacio en voz alta: Zu-ca-ri-tas.
La caja explica que es una versión ecológica. La madre explica que en el país no hay tinta de colores y es cartón reciclado.
El niño repasa la figura con el dedo, asegurándose que es el Tigre Tony. Tira la caja en el carrito con cara de asco.
Aún no sabe que tendrá que comerlas sin leche.
La caja explica que es una versión ecológica. La madre explica que en el país no hay tinta de colores y es cartón reciclado.
El niño repasa la figura con el dedo, asegurándose que es el Tigre Tony. Tira la caja en el carrito con cara de asco.
Aún no sabe que tendrá que comerlas sin leche.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Sueño ótico, asiático y metafísico
Esta noche me acosté sintiendo molestia en un oído.
Me dormí y soñé que debía hacer una de esas largas colas de madrugada para resolver algún trámite burocrático, tan comunes en estos tiempos de revolución. Ocupé mi puesto en la fila y noté que cruzando la calle, había un pequeño parque con bancos donde me podía sentar. Marqué mi puesto con el acuerdo de los testigos presentes, y me senté en uno de los banquitos bajo un farol de luz amarillenta. Inmediatamente se sentó a mi lado una señora, una china muy anciana con un rostro dulce en el cual no cabía una sola arruga más. Empezamos a hablar de cualquier cosa, y al poco rato yo le comentaba acerca del dolor de mi oído. Me dijo que detrás de nosotros estaba el consultorio de un doctor chino, famoso entre la comunidad asiática de la ciudad, que ya estaba atendiendo pacientes a esa hora de la madrugada. Le dije que no tenía dinero y que no quería perder mi puesto en la cola. La anciana me miró con un poco de lástima y dijo:
- Deja que las cosas fluyan.
Tomándome del brazo, me llevó hasta un edifico cercano con una fachada ruinosa casi tan antigua como la ciudad. Me senté de último en una larga fila de personas, la mayoría chinos, todos sentados en un banco adosado al pasillo cuya madera había sido pulida por el roce de traseros en espera durante varios lustros.
La fila no avanzaba y empecé a mascullar leves maldiciones. Repentinamente, salió el doctor de una puerta lateral. Era un chino anciano, con una bata sobreviviente de un apocalipsis zombie, que debió ser blanca cuando el Mar Muerto aún estaba vivo. Revisó rápidamente el rostro de todos los presentes, y señalándome con el dedo me ordenó pasar a su consultorio. Llamar consultorio a aquel espacio saturado de olor a madera y formol era un ejercicio de franca imaginación. Había centenares de frascos conteniendo criaturas imposibles. Del techo colgaban helechos resecos antediluvianos y animales extraplanetarios disecados en poses y contorsiones espantosas, con fauces abiertas y atemorizantes.
El anciano sacó de un largo cajón un utensilio de metal con una esfera metálica en la punta, conectada por un cable a una caja de color caoba. Giró varias veces una manivela que estaba a un lado de la caja, y al acercarlo a mi oído, empezó a emitir pequeños arcos eléctricos idénticos a los de las películas de Frankenstein. Aquellos filamentos de electricidad entraban a mi oído haciendo un ruido ensordecedor y provocando cosquillas desagradables. Al terminar, con el oído ensordecido y aún vibrando, amargado y escéptico, le dije al anciano que dudaba que aquel tratamiento detestable aliviaría mi dolor de oído.
El doctor guardó la caja, me tomó del hombro con fuerza, y acercando su rostro me dijo:
- Estás agobiado y cansado por el gran peso de tus tribulaciones. Está bien reconocer y enfrentar tus problemas, pero hay cargas en la vida sobre las cuales jamás tendrás el control. Debes desecharlas. Deja que las cosas fluyan.
Hizo una pausa sin dejar de mirarme, y agregó en voz muy baja:
-Ni siquiera te has dado cuenta, pero ya no tienes dolor en tu oído...
Con la sensación de la mano del anciano sobre mi hombro, desperté en el silencio de la noche. El eco de su último susurro rebotaba en las huecas paredes de mi cráneo, aún saturado de tinieblas.
Y era cierto.
Me dormí y soñé que debía hacer una de esas largas colas de madrugada para resolver algún trámite burocrático, tan comunes en estos tiempos de revolución. Ocupé mi puesto en la fila y noté que cruzando la calle, había un pequeño parque con bancos donde me podía sentar. Marqué mi puesto con el acuerdo de los testigos presentes, y me senté en uno de los banquitos bajo un farol de luz amarillenta. Inmediatamente se sentó a mi lado una señora, una china muy anciana con un rostro dulce en el cual no cabía una sola arruga más. Empezamos a hablar de cualquier cosa, y al poco rato yo le comentaba acerca del dolor de mi oído. Me dijo que detrás de nosotros estaba el consultorio de un doctor chino, famoso entre la comunidad asiática de la ciudad, que ya estaba atendiendo pacientes a esa hora de la madrugada. Le dije que no tenía dinero y que no quería perder mi puesto en la cola. La anciana me miró con un poco de lástima y dijo:
- Deja que las cosas fluyan.
Tomándome del brazo, me llevó hasta un edifico cercano con una fachada ruinosa casi tan antigua como la ciudad. Me senté de último en una larga fila de personas, la mayoría chinos, todos sentados en un banco adosado al pasillo cuya madera había sido pulida por el roce de traseros en espera durante varios lustros.
La fila no avanzaba y empecé a mascullar leves maldiciones. Repentinamente, salió el doctor de una puerta lateral. Era un chino anciano, con una bata sobreviviente de un apocalipsis zombie, que debió ser blanca cuando el Mar Muerto aún estaba vivo. Revisó rápidamente el rostro de todos los presentes, y señalándome con el dedo me ordenó pasar a su consultorio. Llamar consultorio a aquel espacio saturado de olor a madera y formol era un ejercicio de franca imaginación. Había centenares de frascos conteniendo criaturas imposibles. Del techo colgaban helechos resecos antediluvianos y animales extraplanetarios disecados en poses y contorsiones espantosas, con fauces abiertas y atemorizantes.
El anciano sacó de un largo cajón un utensilio de metal con una esfera metálica en la punta, conectada por un cable a una caja de color caoba. Giró varias veces una manivela que estaba a un lado de la caja, y al acercarlo a mi oído, empezó a emitir pequeños arcos eléctricos idénticos a los de las películas de Frankenstein. Aquellos filamentos de electricidad entraban a mi oído haciendo un ruido ensordecedor y provocando cosquillas desagradables. Al terminar, con el oído ensordecido y aún vibrando, amargado y escéptico, le dije al anciano que dudaba que aquel tratamiento detestable aliviaría mi dolor de oído.
El doctor guardó la caja, me tomó del hombro con fuerza, y acercando su rostro me dijo:
- Estás agobiado y cansado por el gran peso de tus tribulaciones. Está bien reconocer y enfrentar tus problemas, pero hay cargas en la vida sobre las cuales jamás tendrás el control. Debes desecharlas. Deja que las cosas fluyan.
Hizo una pausa sin dejar de mirarme, y agregó en voz muy baja:
-Ni siquiera te has dado cuenta, pero ya no tienes dolor en tu oído...
Con la sensación de la mano del anciano sobre mi hombro, desperté en el silencio de la noche. El eco de su último susurro rebotaba en las huecas paredes de mi cráneo, aún saturado de tinieblas.
Y era cierto.
sábado, 25 de junio de 2016
Sábados Especiales
Hace muchos años mis padres se iban a la playa todos los sábados con mi hermana menor, y yo y mi hermano Pedro nos quedábamos en casa, durmiendo hasta muy tarde.
Un día, tocaron el timbre el sábado muy temprano, antes de las 8 de la mañana. Mi hermano salió y se encontró en la reja de la entrada con una pareja de Testigos de Jehová. Les contestó con amabilidad que no estábamos interesados, y volvió a la cama.
La escena se repitió durante varios sábados. Si no atendíamos, los Testigos eran capaces de quedarse pegados al timbre por un buen rato.
Mi hermano salió varios sábados, rogándoles con paciencia que no molestaran, pero los Testigos no hacían caso. Se nos ocurrió quitarle la electricidad al timbre, pero los Testigos gritaron hasta que los atendimos.
Se me ocurrió decirle a mi hermano que les dijera que éramos miembros de una secta satánica, para ahuyentarlos de una vez por todas. Así lo hizo, pero fue peor. Los testigos se horrorizaron y se prometieron salvar nuestras almas perdidas. Tocaban con insistencia el timbre y nos tiraban revistas de las que siempre llevan ellos.
Un sábado, después de mentarles la madre, mi hermano entró al cuarto molesto y gritó que acabaría de una vez por todas con el problema.
El siguiente sábado, después de sonar el timbre, mi hermano bajó muy tranquilo y empijamado. Caminó los veinte metros de la puerta interna hasta la reja externa, les abrió a los muchachos, los hizo pasar y cerró la reja. Yo observaba desde la ventana, y no podía creer que mi hermano cedería ante la presión de los Testigos.
Mi hermano les señaló el murito interno de nuestro jardín, les pidió que se sentaran y que lo esperaran un momento.
Eran un muchacho y una muchacha, pulcramente vestidos. Se veían alegres, imaginando que quizás muy pronto salvarían un alma.
Mi hermano abrió la reja interna y salió tomando por el cuello a Gos, nuestro perro. Gritó "¡Al cuello!" señalando a los Testigos, y lo soltó. Gos era un mestizo mezcla de Pastor Alemán y cualquier otra cosa. Era como un perro mediano, pero fuerte y comprimido, repleto de músculos y de muy malas pulgas con las visitas. El grito de ataque lo enardecía porque significaba enemigo, y aquella bestia salió como un rayo mostrando los caninos, ladrando y botando baba.
Aquellos jóvenes se incorporaron en un segundo, y en el otro habían saltado la tapia de dos metros que separaba nuestro jardín de la calle.
Mientras corrían por la calle, mi hermano les hizo creer que le abría la reja al perro, y aquellos muchachos batieron el récord de los cien metros planos en bajada.
Jamás volvieron por la casa, y tuvimos una larga secuencia de sábados tranquilos, interrumpidos únicamente por aquel sábado en que mi padre saliendo para la playa confundió el freno con el acelerador, y nuestro Fairlane 500 se llevó por los aires la reja de estacionamiento, cruzó la calle, destrozó el muro de los vecinos, tumbó un limonero, y terminó dentro de la sala de los Rojas, rodeado de vidrios rotos y los cadáveres de varios Lladrós y Capodimontes.
domingo, 5 de junio de 2016
Orgullo y tristeza
Uno escucha amigos y familiares como se van ajustando a las diferentes etapas de un país con escasez de comida. Al principio cuesta creerlos, hasta que poco a poco, vas acercándote a esas etapas que ya ellos pasaron. Lo peor es saber, por boca de ellos, que vienen momentos más duros. Confirmas entonces, que antes la harina llegaba a tu supermercado tres veces a la semana, y ahora llega una vez cada dos semanas.
Hay personas que ponen cara de asco y dicen que jamás se rebajarán a hacer una cola por comida "impuesta" por el gobierno. Otros ponen cara de asco diciendo que jamás se rebajarán a pagarle a un bachaquero diez veces el valor del producto. Al final te das cuenta que te ubicas en un grupo u otro, dependiendo de tu presupuesto, no de tus convicciones.
En un ejercicio preparatorio, hicimos inventario de la comida en la casa, y ordenamos los productos por fecha de vencimiento. Una vez terminada la lista y establecido un "probable" plan de racionamiento, me quedé pensando que por esto mismo pasaron mis abuelos, racionando los alimentos para sus familias en medio de la cruel Guerra Civil Española. Y entonces, te invade un profundo orgullo. Recuerdas la historia de cuando iban a los campos en las noches, y con permiso del agricultor, revisaban el campo en penumbras, como topos hambrientos, escarbando la tierra con los dedos buscando las papas que escaparon a las manos del sembrador.
Pero al mismo tiempo, te invade una gigantesca tristeza por la posibilidad de vivir algo cercano a aquella experiencia, en un país sin guerra, sintiéndote un ciudadano de segunda, en la misma tierra pródiga que parió los hombres y mujeres aguerridos que liberaron Sudamérica.
Hay personas que ponen cara de asco y dicen que jamás se rebajarán a hacer una cola por comida "impuesta" por el gobierno. Otros ponen cara de asco diciendo que jamás se rebajarán a pagarle a un bachaquero diez veces el valor del producto. Al final te das cuenta que te ubicas en un grupo u otro, dependiendo de tu presupuesto, no de tus convicciones.
En un ejercicio preparatorio, hicimos inventario de la comida en la casa, y ordenamos los productos por fecha de vencimiento. Una vez terminada la lista y establecido un "probable" plan de racionamiento, me quedé pensando que por esto mismo pasaron mis abuelos, racionando los alimentos para sus familias en medio de la cruel Guerra Civil Española. Y entonces, te invade un profundo orgullo. Recuerdas la historia de cuando iban a los campos en las noches, y con permiso del agricultor, revisaban el campo en penumbras, como topos hambrientos, escarbando la tierra con los dedos buscando las papas que escaparon a las manos del sembrador.
Pero al mismo tiempo, te invade una gigantesca tristeza por la posibilidad de vivir algo cercano a aquella experiencia, en un país sin guerra, sintiéndote un ciudadano de segunda, en la misma tierra pródiga que parió los hombres y mujeres aguerridos que liberaron Sudamérica.
miércoles, 1 de junio de 2016
Arte Moderno
En el Museo de Arte Moderno Jesús Soto en Ciudad Bolívar, la gente recorre lentamente las diferentes salas. En una de ellas, todos se detienen a observar un objeto rectangular adosado a la pared, de paredes metálicas lisas, brillantes y pulidas. En la cara frontal, arriba, tiene una rejilla de líneas paralelas. Abajo, tiene otra rejilla más grande de líneas horizontales.
Los visitantes se detienen a observar el objeto. Miran sus catálogos pero allí no aparece la obra. Tampoco tiene un cartel de identificación. Lo observan con atención. Balancean sus cuerpos a un lado y otro para revelar la magia del cinetismo. Pero nada es perceptible. Entonces bajan y suben sus cuerpos, buscando el gesto lúdico que revele una sorpresa sensorial, pero el milagro no se hace presente.
Algunos cuchichean delante de la obra mientras la señalan. Otros sacan su celular y le toman fotos.
Uno de los guías permanece en una esquina y sonríe mientras observa al grupo que intenta descifrar la obra.
Por fin una señora se acerca al guía y le pregunta por esa curiosa obra del Maestro Soto, que no está en el catálogo y no tiene identificación.
El muchacho ahoga una risa corta y le contesta:
- Señora... es un deshumificador...
jueves, 26 de mayo de 2016
Nostalgia
Hoy recordé cuando en la Cuarta República era chamo y mi familia pasó mucho trabajo. Quebró la empresa de mi Papá por culpa del Viernes Negro, y nos cayó encima la hipoteca con la cual habíamos comprado la casa. Todos los gastos tuvieron que ser restringidos, entre ellos la comida.
Tuvimos que rebajar el desayuno a solo dos arepas con mantequilla nacional, y para rellenar solo teníamos disponible perico, jamón, queso o diablitos.
El almuerzo quedó restringido a pasta (larga, corta, plumitas, tornillitos, caracolitos) con carne molida, o arroz, huevo frito y caraotas, o un bistek con papas fritas, o un pollo al horno con papas. De cena pan canilla otra vez con jamón y queso, o hamburguesas o perros calientes con salsa de tomate, mayonesa y mostaza. Eso sí, sin papitas.
Tuvimos que abandonar la leche descremada, y empezamos a tomar leche completa, Toddy o Rikomalt, chicha, Tang o jugos de fruta.
Mi mamá nos rebajó el dinero diario para el colegio. De cinco Bs pasamos a solo dos Bs, y eso solo me alcanzaba para un Rikomalt, un pan de leche y un chocolate Cricri.
Fue una época que debió parecerme verdaderamente horrible, pero por alguna extraña razón, no recuerdo haber sufrido nada.
Tuvimos que rebajar el desayuno a solo dos arepas con mantequilla nacional, y para rellenar solo teníamos disponible perico, jamón, queso o diablitos.
El almuerzo quedó restringido a pasta (larga, corta, plumitas, tornillitos, caracolitos) con carne molida, o arroz, huevo frito y caraotas, o un bistek con papas fritas, o un pollo al horno con papas. De cena pan canilla otra vez con jamón y queso, o hamburguesas o perros calientes con salsa de tomate, mayonesa y mostaza. Eso sí, sin papitas.
Tuvimos que abandonar la leche descremada, y empezamos a tomar leche completa, Toddy o Rikomalt, chicha, Tang o jugos de fruta.
Mi mamá nos rebajó el dinero diario para el colegio. De cinco Bs pasamos a solo dos Bs, y eso solo me alcanzaba para un Rikomalt, un pan de leche y un chocolate Cricri.
Fue una época que debió parecerme verdaderamente horrible, pero por alguna extraña razón, no recuerdo haber sufrido nada.
domingo, 27 de marzo de 2016
Dos Venezuelas
Voy con mi esposa a comprar cocada. Hay dos en La Guairita. Una cerca, otra lejos. Vamos a la cercana. Es tarde, y desde la acera de enfrente le pregunto al dueño si tiene cocada. El tipo me ve, pero se hace el loco y se sienta, ocultando el rostro tras el kiosko. Damos una vuelta y nos colocamos en su acera. Le vuelvo a preguntar, pero el tipo se sigue haciendo el loco sin asomar el rostro.
Le vuelvo a preguntar más fuerte pensando que quizás no escucha, y sin moverse ni asomarse, me grita que si no me bajo del carro, no me va a contestar. Ante tal muestra de soberbia, nos dirigimos al otro kiosko. Llegamos y ya habían cerrado. El dueño me pregunta que deseo, y le digo que cocada. "Ya se la preparo". Volvió a abrir su kiosko, preparó las cocadas, y cuando voy a pagar, me entero que no hay punto de venta. No traigo efectivo. El señor me dice: "Tranquilo, me pagas cuando puedas".
No pude evitar pensar en dos Venezuelas, separadas apenas por unas cuadras. Una acomplejada, resabiada y mezquina, la otra buena, amable y pujante.
La primera es la actual, un accidente, un experimento perverso que nunca debió ocurrir.
Por suerte, en algunos rincones pervive la segunda, la que siempre conocí, donde me crié y crecí. La que amo.
Le vuelvo a preguntar más fuerte pensando que quizás no escucha, y sin moverse ni asomarse, me grita que si no me bajo del carro, no me va a contestar. Ante tal muestra de soberbia, nos dirigimos al otro kiosko. Llegamos y ya habían cerrado. El dueño me pregunta que deseo, y le digo que cocada. "Ya se la preparo". Volvió a abrir su kiosko, preparó las cocadas, y cuando voy a pagar, me entero que no hay punto de venta. No traigo efectivo. El señor me dice: "Tranquilo, me pagas cuando puedas".
No pude evitar pensar en dos Venezuelas, separadas apenas por unas cuadras. Una acomplejada, resabiada y mezquina, la otra buena, amable y pujante.
La primera es la actual, un accidente, un experimento perverso que nunca debió ocurrir.
Por suerte, en algunos rincones pervive la segunda, la que siempre conocí, donde me crié y crecí. La que amo.
viernes, 18 de marzo de 2016
El ladrón de Paguaras
A Rubén Penott
Encontré a Rubén buceando en el corral de las paguaras. A ratos asomaba el snorkel, a ratos se hundía en las aguas someras y cristalinas del corral, revolviendo la arena del fondo. Salió molesto y se sentó rezongando en el muelle anexo.
Rubén es uno de los técnicos más preparados y comprometidos que he conocido. No era común ver una sonrisa en su rostro adusto. De caminar rápido y nervioso, sobre el reposaba gran parte del funcionamiento de las magníficas instalaciones de Fundaciencia, que colindan directamente con las aguas tranquilas de la Bahía de Mochima.
-¿Qué pasa Rubén?
Con la careta sobre la frente, las manos presas entre sus rodillas y sin dejar de mirar al corral, contestó:
-Alguien se está robando las paguaras.
La paguara estaba siendo cultivada en cautiverio con éxito por la Fundación. Los alevines se criaban en tanques de diferentes tamaños, para luego pasar al corral de paguaras antes de su destino final, unos gigantescos y profundos corrales a mar abierto donde eran alimentadas desde la superficie. Es un pez hermoso, de nado rápido y elegante. Nadar entre ellas en el azul profundo de los grandes corrales mar afuera, era una experiencia mágica.
- ¿Crees que haya una rotura en el corral?
-Es lo que acabo de revisar — me dijo. ¿Tú podrías contarlas?
Entré al corral con la careta. Las paguaras nadaban apenas a metro y medio de agua, sobre un fondo de arena blanquísima y Thalassia.
Contarlas no era fácil, pero ayudaba su comportamiento gregario. La estrategia para contarlas consistía en construir una alcabala entre el cuerpo del buzo y las paredes del corral. Eso provocaba que las paguaras se aproximaran a las paredes y pasaran en fila india, la mayoría de las veces de una en una, otras de dos en dos.
Conté tres veces las paguaras. El número coincidía con el de Rubén.
-Falta una - me dijo. Y ayer desapareció otra, y anteayer otra. Todos los días desaparece una.
Revise el corral por un buen rato, buscando alguna fisura, un empate suelto en el nylon, un hueco debajo de las paredes de malla plástica. Nada. Aquel corral era a prueba de fugas.
- Mañana las contamos otra vez. Vas a ver que falta una - me dijo resignado.
Al día siguiente, llegando de mi jornada diaria, me estaba esperando Rubén en el muelle.
-Falta una.
Entré al corral y repetí la cuenta. Faltaba una paguara. Era ridículo pensar que en la noche alguien del pueblo se estaba llevando las paguaras de una en una.
Pensando un rato, se me ocurrió que el ladrón pudiera ser un pulpo.
- Quizás entra en las noches, se roba una paguara y sale otra vez.
A Rubén le pareció posible. Buscamos las caretas y chapaletas, y entre los dos revisamos toda la periferia del corral. No encontramos ningún pulpo.
Al día siguiente, faltaba otra paguara. Hicimos un doble control ese día y a las 4 de la tarde no faltaba ninguna. El ladrón de paguaras, sigiloso y eficiente, se las llevaba en algún momento entre el atardecer y el amanecer del día siguiente.
Llegamos a la conclusión de que un pulpo de buen tamaño había tomado el corral por despensa nocturna. Rubén se reuniría esa noche con unos pescadores, para buscar la forma de hacer una trampa que atrapara el pulpo sin afectar a las paguaras.
La tarde siguiente terminé temprano mi jornada. Después de recoger, lavar y ordenar mis equipos, me bañé y me senté un rato en el borde del agua, justo sobre el corral, contemplado el bello atardecer de la bahía.
Eran como las cinco y media de la tarde. Rubén iba y venía por el otro salón de cría, con mallas, palos, nylon y alambre, planeando el dispositivo para atrapar al ladrón. Empezó a dirigirse a paso rápido hacia el corral por la caminería externa, al borde del agua.
De pronto, detrás de él, se escuchó un fuerte y largo silbido. En solo pocos segundos, apareció la criatura dueña de aquel silbido. A toda velocidad, pasó a muy corta distancia de Rubén, adelantándolo rápidamente.
Entonces entendí todo.
Le grité a Rubén:
- ¡Rubén, allí! Pero Rubén venía concentrado, mascullando algo entre dientes.
- ¡Rubén, allí! Pero Rubén venía concentrado, mascullando algo entre dientes.
Alineado con la caminería, el ladrón de paguaras se dirigía directo al corral. Años de práctica habían convertido su vista y puntería en armas infalibles, que ya habían determinado la suerte de su víctima.
Volví a gritarle - ¡Rubén! ¡El corral!
Rubén escuchó y dirigió la mirada al corral, en el momento justo en que aquella implacable máquina cazadora se zambullía en el corral y tomaba con firmeza su presa. Contra el cielo violáceo de aquel atardecer en Mochima, se recortó el perfil de un águila pescadora, llevando entre sus poderosas garras una paguara chorreando agua, aún temblorosa.
Rubén levantó el puño y empezó a lanzarle gritos con el ceceo y la jerga característica de los habitantes de nuestro oriente, abundante en palabras como maldita, pescuezo y mal parida.
Al ver a Rubén enrojecido como un tizón, gritando maldiciones pueriles, no pude evitar soltar la risa. Me miró indignado, pero yo, señalando al águila, no podía parar de reír. Finalmente, se sentó al lado y se unió a mis carcajadas.
-Mañana colocamos nylon de color sobre el corral - le dije.
Asintió sin decir palabra.
Nos quedamos en silencio, los pies guindando sobre el agua, contemplando la bahía de aguas inmóviles que él quería tanto, y que yo empezaba a querer.
miércoles, 6 de enero de 2016
El Ávila
En estos días de Enero, con poco tráfico, pocas nubes y un cielo de azul impecable, me voy al trabajo por la Cota Mil.
El Ávila es una ola gigante de optimismo bramando su energía, siempre a punto de bañar la monstruosa metrópoli a sus pies, que se antoja agresiva y vil.
Algunos insisten en llamar al Cerro El Ávila "Waraira Repano", un dudoso invento panfletario en honor a las "voces originarias", que alguien sacó del bolsillo sin mucha suerte. Pero en los ecos de mi infancia, es "El Ávila" la sonoridad que despierta vivas emociones. Cuando mis ojos recorren su perfil, siento lástima por todos aquellos Caraqueños que no lo perciben como un privilegio, y siento rabia por los que hoy permiten su grosera invasión.
Algunas tardes, aun sabiendo que hay más tráfico, regreso a mi casa bordeando El Ávila con el sol en la espalda. En una ciudad sin memoria donde ciudadanos indolentes parecen vivir de paso, El Ávila es un cuadro de hermosura inimitable, la tregua en un lienzo de esperanza, armonizando con los resquicios de una añorada ciudad en la que algunos hurgamos hambrientos de belleza.
martes, 10 de noviembre de 2015
Alien
Alien
La pareja camina por un pasillo muy iluminado dentro del hospital.
Son jóvenes, casi niños.
El carga a la niña que duerme sobre su hombro, y revisa a contraluz una radiografía.
-Parece un Alien - bromea. Y se la muestra a ella.
Ambos ríen.
Son jóvenes, casi niños.
El carga a la niña que duerme sobre su hombro, y revisa a contraluz una radiografía.
-Parece un Alien - bromea. Y se la muestra a ella.
Ambos ríen.
Ellos regresan por el pasillo.
La niña aún duerme sobre el hombro del padre.
Ella llora desconsoladamente, balbuceando palabras ininteligibles.
El revisa con ojos de espanto la radiografía.
El diagnóstico: un Alien.
La niña aún duerme sobre el hombro del padre.
Ella llora desconsoladamente, balbuceando palabras ininteligibles.
El revisa con ojos de espanto la radiografía.
El diagnóstico: un Alien.
De la serie Leukemia.
Agosto 2000.
Agosto 2000.
Un sueño perfecto
Hace muchos años asistí a una convención científica en la ciudad de Coro. Tuvimos problemas para encontrar alojamiento, pero en la Universidad un amable muchacho se ofreció a alojarnos en su casa. Era una gigantesca casa colonial, en una pequeña colina al lado de la carretera antes de llegar a Coro. En esa casa, había varios pasillos llenos de literas y chinchorros. Tres muchachas en la cocina preparaban durante todo el día comida para los jóvenes que allí nos quedamos durante una semana. Todos allí éramos invitados, y no se nos exigió pago alguno, a pesar de que ofrecimos aportar algún dinero. La madre del muchacho era el motor de aquella casa. Daba órdenes para que las camas y los baños estuvieran limpios, y para que hubiera siempre comida en los grandes mesones en un área al lado de la cocina. En la mañana, sin importar la hora, esperaban sobre la mesa arepas, cachapas, queso, frutas y jugos en abundancia. En la noche, encontrábamos arroz, pollo, carne mechada, caraotas, tajadas pan y papelón con limón. Un par de docenas de personas compartíamos aquella casa, sumida en una armonía impuesta por su dueña, profesora de la Universidad.
Culta y educada, aquella dama nos contaba en las noches historias amenas, que mostraban su vasta cultura y su inmenso amor por Venezuela. Una noche nos contó que todo el terreno de su casa escondía restos arqueológicos de los indios Caquetíos. Ante la insistencia de un pequeño grupo, nos llevó a un gigantesco depósito anexo, donde estaban ordenadas y clasificadas cientos de estatuillas y vasijas precolombinas, cada una con su etiqueta y su respectivo registro, guardadas cuidadosamente en cajas. A la luz de un bombillo amarillento, observamos también una docena de pipotes llenos de restos de vasijas y platos rotos. Eran tantos los artefactos encontrados durante las diferentes remodelaciones de la casa, que por falta de espacio la universidad le pidió que los mantuviera en su casa, hasta que algún día se contara con los recursos necesarios para estudiarlos y exponerlos.
Una tarde ayudaba a la dueña a sembrar un limonero en el patio posterior, y encontramos enterrada una vasija precolombina, partida en dos por el cuello. Le pregunté si podía quedármela y ante mi insistencia aceptó con la condición de que ninguna otra persona de la casa lo supiera. Registró mis datos en su fichero, y me hizo prometer que la cuidaría y la entregaría si algún día era requerida.
Mis recuerdos de esa semana son extrañamente parcelados. No hay una continuidad de recuerdos sino una isla inmensa y concisa rodeada de aguas difusas. No recuerdo absolutamente nada del Congreso, ni de la Universidad, ni de la Ciudad de Coro. No recuerdo si la casa estaba a cinco minutos o a media hora de la ciudad, y no recuerdo cómo hacíamos para llegar hasta ella o regresar a la casa. No recuerdo el nombre de la dueña de la casa, ni de su amable hijo. Y tampoco puedo recordar nada acerca del paisaje externo que rodeaba aquella casa, que vista tenía, si se veía el mar o los médanos o la ciudad. Pero puedo recordar nítidamente la sensación cálida de hogar que invadía aquella casa, el olor a maderas, terracota y sol de desierto, la paz serena en la luz de final de los pasillos, el cariño humano de esa buena gente. Esa casa era como un gigantesco instrumento musical de ladrillo y madera, que con armónica sincronía pulsaba la dueña de aquella casa.
Ese recuerdo es tan intenso y preciso, y al mismo tiempo tan aislado de sus memorias circundantes, que muchas veces dudo y pienso que todo aquello fue tan solo un raro sueño.
Entonces, sobre una repisa en mi estudio, contemplo la vasija indígena. La luz del techo resalta la severidad de su rostro adusto y sombrea sus ojos achinados, cerrados desde siempre en permanente meditación por más de 500 años. A través de sus párpados, me observa sin mirarme, cómplice silente de nuestro secreto.
Confirmo entonces, que todo aquello solo pudo haber sido un sueño perfecto.
sábado, 27 de junio de 2015
Manifestaciones y mangos
Esta noche soñé que bajaba de mañana por una cuesta en una urbanización humilde llena de árboles y de casitas pequeñas. De pronto, a mi espalda escuché gritos y alboroto. Un grupo de personas armadas con palos y piedras, bajaba también por la cuesta, gritando consignas contra el gobierno.
¡Ya basta! - gritaba una señora enfurecida. ¡Ya hemos tenido suficiente! - gritaba otra.
Me incluí al grupo, y poco a poco se fue sumando más gente, hasta que llegamos a ser unas 4 docenas.
Un muchacho gritó - ¡Vamos a tumbar a este Gobierno! - y por un momento pensé que podía ser posible, que si este grupo seguía sumando gente, al llegar a la avenida sería una masa gigante, y que si las urbanizaciones cercanas se sumaban, sería una poblada indetenible.
De pronto llegamos a una zona de árboles de mango, repletos de frutos maduros. Unos muchachos se apartaron a un lado, y empezaron a tumbar mangos con las piedras y palos que llevaban. Cayeron varios mangos que los muchachos recogieron y empezaron a comer de inmediato. Entonces la poblada se detuvo. Un grupo fue hacia un árbol de mango, otro grupo fue hacia el otro, y pronto estaban todos, unos tirando piedras y palos, otros recogiendo mangos en bolsas que encontraban en la calle, todos compartiendo mangos con todos. Aquellas personas que minutos antes miraban con furor encendido hacia la avenida, ahora miraban con interés infantil hacia las copas de los árboles. Las bolsas y paquetes se llenaron de mangos. Algunos muchachos se quitaron las franelas y con ellas hicieron pequeños sacos para llevar sus mangos. Y poco a poco, con sus bultos de mango, la gente empezó a subir la cuesta de regreso a sus casas, comiendo mango en silencio, o bromeando por el hilo entre los dientes, o por la cara sucia.
Yo miraba estupefacto, como si hubiera participado de una mala obra de teatro.
Desperté con la extraña certeza de haber entendido por vez primera, la esencia de lo que pasa en mi Venezuela.
¡Ya basta! - gritaba una señora enfurecida. ¡Ya hemos tenido suficiente! - gritaba otra.
Me incluí al grupo, y poco a poco se fue sumando más gente, hasta que llegamos a ser unas 4 docenas.
Un muchacho gritó - ¡Vamos a tumbar a este Gobierno! - y por un momento pensé que podía ser posible, que si este grupo seguía sumando gente, al llegar a la avenida sería una masa gigante, y que si las urbanizaciones cercanas se sumaban, sería una poblada indetenible.
De pronto llegamos a una zona de árboles de mango, repletos de frutos maduros. Unos muchachos se apartaron a un lado, y empezaron a tumbar mangos con las piedras y palos que llevaban. Cayeron varios mangos que los muchachos recogieron y empezaron a comer de inmediato. Entonces la poblada se detuvo. Un grupo fue hacia un árbol de mango, otro grupo fue hacia el otro, y pronto estaban todos, unos tirando piedras y palos, otros recogiendo mangos en bolsas que encontraban en la calle, todos compartiendo mangos con todos. Aquellas personas que minutos antes miraban con furor encendido hacia la avenida, ahora miraban con interés infantil hacia las copas de los árboles. Las bolsas y paquetes se llenaron de mangos. Algunos muchachos se quitaron las franelas y con ellas hicieron pequeños sacos para llevar sus mangos. Y poco a poco, con sus bultos de mango, la gente empezó a subir la cuesta de regreso a sus casas, comiendo mango en silencio, o bromeando por el hilo entre los dientes, o por la cara sucia.
Yo miraba estupefacto, como si hubiera participado de una mala obra de teatro.
Desperté con la extraña certeza de haber entendido por vez primera, la esencia de lo que pasa en mi Venezuela.
sábado, 2 de mayo de 2015
Seguro
El terminal Internacional de Maiquetía está lleno de familias que esperan a sus seres queridos. Todos reciben a sus familiares con un beso, un abrazo. Un gordo gigante recibe a su hijo y se lo come a besos. Otra pareja se besa apasionadamente. Todos los viajeros salen de la revisión de maletas por un pasillo de puertas automáticas. Echan una ojeada, ubican a su familiar, y escogen la ruta de salida.
Se abren las puertas automáticas, pero ella no sale. Solo asoma la cabeza. Va con sus dos pequeños y un montón de maletas. La niña es más grande que el varón. Seguro ella espera a su esposo.
Ella seguro es la madre. Ligeramente gordita pero maciza, se asoma al pasillo. Habla por celular molesta. Seguro habla con el esposo. No lo ve. Se vuelve a meter en el pasillo, pero se queda cerca de las puertas. Cada vez que un viajero sale, las puertas automáticas se abren y ella se asoma. Debería dirigirse a la salida, y esperar afuera. Pero ella permanece dentro del pasillo, tras la seguridad de las puertas automáticas. Seguro piensa que es más seguro. Vuelve a asomarse, otra vez con el celular. Seguro que él le está diciendo que ya llegó, porque ella grita que no te veo. Seguro que él está insistiendo en que ya llegó, pues ella repite histérica que no te veo. Ella vuelve a su cueva impoluta de puertas automáticas. Seguro percibe que su cuadro es patético. Observa como la observamos, pero seguro piensa que es tarde para hacer lo que debió hacer hace rato: dirigirse a una de las salidas. Seguro que el esposo está mintiéndole nuevamente por el celular diciendo que ya llegó, pues ella sigue gritando que no te veo. Seguro que él apenas está estacionando. Seguro que él aplica el viejo truco de ya llegué, ya estoy allí. Pero seguro que apenas hace unos segundos él estacionó el auto, y se dirige apresurado al terminal.
Él llega finalmente. No hay besos, ni abrazos. Ni siquiera saludos. Ella está molesta y le grita cosas que dice la gente que está molesta cuando espera. El niño quiere acercarse al padre, pero él solo lo saluda con un gesto de la mano. El niño detiene el impulso, y sigue a su madre, que va por delante con cara de perro bravo. Seguro él no es un tipo cariñoso. Seguro él es de esos tipos que no recibieron cariño de sus padres. No sabe dar cariño. Seguro le cuesta abrazar a sus hijos, besarlos. La niña mira al padre y se le acerca poco a poco. El padre hace un nuevo saludo de mano hacia la niña. La niña detiene el impulso de acercarse a su padre, pero lo sigue mirando. Seguro le tiene miedo. Seguro sabe que él no es cariñoso.
Pero de pronto la niña no resiste más. Le salta encima, se le prende al cuello, y pega sus labios en el cachete de su padre.
Seguro que ella se hubiera quedado besando a su padre el mismo tiempo que estuvo extrañándolo. Él, con una sonrisa nerviosa, seguro que sintiendo vergüenza, se desprendió poco a poco de su corroncho humano.
Esta historia es real.
Pero lo único seguro, es que esa pequeña lo ama.
Se abren las puertas automáticas, pero ella no sale. Solo asoma la cabeza. Va con sus dos pequeños y un montón de maletas. La niña es más grande que el varón. Seguro ella espera a su esposo.
Ella seguro es la madre. Ligeramente gordita pero maciza, se asoma al pasillo. Habla por celular molesta. Seguro habla con el esposo. No lo ve. Se vuelve a meter en el pasillo, pero se queda cerca de las puertas. Cada vez que un viajero sale, las puertas automáticas se abren y ella se asoma. Debería dirigirse a la salida, y esperar afuera. Pero ella permanece dentro del pasillo, tras la seguridad de las puertas automáticas. Seguro piensa que es más seguro. Vuelve a asomarse, otra vez con el celular. Seguro que él le está diciendo que ya llegó, porque ella grita que no te veo. Seguro que él está insistiendo en que ya llegó, pues ella repite histérica que no te veo. Ella vuelve a su cueva impoluta de puertas automáticas. Seguro percibe que su cuadro es patético. Observa como la observamos, pero seguro piensa que es tarde para hacer lo que debió hacer hace rato: dirigirse a una de las salidas. Seguro que el esposo está mintiéndole nuevamente por el celular diciendo que ya llegó, pues ella sigue gritando que no te veo. Seguro que él apenas está estacionando. Seguro que él aplica el viejo truco de ya llegué, ya estoy allí. Pero seguro que apenas hace unos segundos él estacionó el auto, y se dirige apresurado al terminal.
Él llega finalmente. No hay besos, ni abrazos. Ni siquiera saludos. Ella está molesta y le grita cosas que dice la gente que está molesta cuando espera. El niño quiere acercarse al padre, pero él solo lo saluda con un gesto de la mano. El niño detiene el impulso, y sigue a su madre, que va por delante con cara de perro bravo. Seguro él no es un tipo cariñoso. Seguro él es de esos tipos que no recibieron cariño de sus padres. No sabe dar cariño. Seguro le cuesta abrazar a sus hijos, besarlos. La niña mira al padre y se le acerca poco a poco. El padre hace un nuevo saludo de mano hacia la niña. La niña detiene el impulso de acercarse a su padre, pero lo sigue mirando. Seguro le tiene miedo. Seguro sabe que él no es cariñoso.
Pero de pronto la niña no resiste más. Le salta encima, se le prende al cuello, y pega sus labios en el cachete de su padre.
Seguro que ella se hubiera quedado besando a su padre el mismo tiempo que estuvo extrañándolo. Él, con una sonrisa nerviosa, seguro que sintiendo vergüenza, se desprendió poco a poco de su corroncho humano.
Esta historia es real.
Pero lo único seguro, es que esa pequeña lo ama.
viernes, 13 de febrero de 2015
Extrañando El Paraíso
Yo vivía en una esquina de la Avenida Principal de El Paraíso. Allí los conductores desprevenidos de una calle lenta y estrecha, se encontraban con una veloz avenida de tres canales. Los accidentes eran frecuentes y terribles, sobre todo en las noches. Vi muchos autos volteados, pasajeros gritando y violentas discusiones. Un par de vehículos se enterraron en nuestro parque infantil después de atravesar el muro del edificio en horas de la madrugada.
El ruido era permanente las veinticuatro horas del día. Empezaba antes del amanecer con la apertura de las santamarías de los negocios, algunas cuyos candados debían ser martillados para poder abrirse. Luego, los gritos de los buhoneros de fruta adelantaban el escenario sonoro del pelotón de la Guardia Nacional trotando y gritando consignas de guerra, para dar paso luego a los parlantes del Colegio Adventista, desparramando himnos y cantos a varias cuadras de distancia, como si el escándalo de los carajitos no fuera suficiente. Después de todo, Dios se manifestaba a sus profetas con estruendo.
El resto del día, ambulancias, sirenas, cornetazos, gritos y las peleas de los lavacarros. El deledeledele de los cuidadores de carros y las risas destempladas del zapatero y su cuerda de amigos alcoholizados, mucho más amigos de su botella.
Luego, temprano en la noche, los indigentes buscando la cena en la basura, para dar paso a los chiflidos de los rateros cantando la zona en la madrugada y finalmente los disparos y las ráfagas solitarias de metralleta desde la Cota 905.
Los fines de semana, comenzando el viernes, se instalaban los grupos ruidosos de tomadores de cerveza. Filas de carros, la maleta abierta, la cava abierta y la música a decibeles prohibidos.
La guinda sonora: la alarma antiaérea de la Guardia Nacional, que se prueba una vez a la semana (por aquello de la invasión del imperio), y que probablemente ponga los pelos de punta a más de un europeo que padeció la guerra.
Allí vivían personajes variopintos que durante más de 20 años matizaron mis calles: Julio que vendía quesos durante el día y droga en las noches, la flaca marimacha que distribuía "caramelos" de marihuana a los liceístas, Don José el mecánico gallego que parecía haber nacido adosado a su boina, Del Valle el Kioskero solidario como ninguno, El Gocho, el único lavacarro sobrio de la cuadra, y el Sr Giraud, recordando con nostalgia sus días juveniles en Río de Janeiro. Y el otro Julio, con su sonrisa de viejo resignado, levantando a sus dos chamitos a fuerza de cuidar carros, enmudecido por dos ACVs, siempre agradecido por los juguetes que mis hijos ya no querían. Y otro Julio más, el floristero pavosaurio, prendado de mi hija desde que de chiquita le compró un ramo de flores. Guardó ese billete de 20 Bs, y tal como prometió, se lo devolvió en sus 15 años, junto a un hermoso ramo de flores y un paseo en su Harley Davison.
Si tenías suerte, podías tropezarte con Carlos Sicilia, el humorista más amargado del mundo, y seguirlo un par de cuadras para verlo insultar a los infractores morales, y ofrecerle coñazos a un conductor que no esperó lo suficiente para que él cruzara. Si tenías mucha más suerte, te conseguías a Malula (la concejal de Radio Rochela), ya muy viejita. Al saludarla, te devolvía con cálida sonrisa el más genuino y cariñoso saludo que puedas encontrar sobre esta tierra.
Si eras amante de la arquitectónica inédita, tenías un abanico de sorpresas en cada rincón. Podías descubrir por vez primera, a través de una enredadera recién cortada, una auténtica casa colonial asfixiada por las sombras y el olor de los mangos podridos, o deleitarte con algún detalle no visto en la casa hecha toda de hierro, visitada por estudiantes de arquitectura de todo el mundo, o descubrir que el techo de el Convento de San José de Tarbes está hecho de vigas de madera, o adivinar en una pared una taquilla del antiguo hipódromo, o paladear la hermosa Villa Zoyla, plagada de militares, ignorantes de la joya histórica que machacan sus botas.
Ahora vivo en el Este, en una calle ciega con vigilancia privada, de edificios modernos idénticamente parcos, apartada de todo, sin negocios ni tránsito, incrustada entre un monte y un valle verdemente vegetal. Por estas veredas no camina la gente, pues hay que tomar el auto hasta para comprar el pan.
A veces, cuando mis pasos resuenan en las paredes de las calles vacías, y los árboles rasgan en jirones la niebla que amortigua el escándalo de las guacharacas, o cuando una dulce llovizna dibuja un arcoiris sobre el pequeño valle, o cuando en las tardes suaves y lentas de cielo azul intenso, las guacamayas tricolor quiebran el silencio asfixiante del monte verdidorado, yo confieso, extraño El Paraíso.
El ruido era permanente las veinticuatro horas del día. Empezaba antes del amanecer con la apertura de las santamarías de los negocios, algunas cuyos candados debían ser martillados para poder abrirse. Luego, los gritos de los buhoneros de fruta adelantaban el escenario sonoro del pelotón de la Guardia Nacional trotando y gritando consignas de guerra, para dar paso luego a los parlantes del Colegio Adventista, desparramando himnos y cantos a varias cuadras de distancia, como si el escándalo de los carajitos no fuera suficiente. Después de todo, Dios se manifestaba a sus profetas con estruendo.
El resto del día, ambulancias, sirenas, cornetazos, gritos y las peleas de los lavacarros. El deledeledele de los cuidadores de carros y las risas destempladas del zapatero y su cuerda de amigos alcoholizados, mucho más amigos de su botella.
Luego, temprano en la noche, los indigentes buscando la cena en la basura, para dar paso a los chiflidos de los rateros cantando la zona en la madrugada y finalmente los disparos y las ráfagas solitarias de metralleta desde la Cota 905.
Los fines de semana, comenzando el viernes, se instalaban los grupos ruidosos de tomadores de cerveza. Filas de carros, la maleta abierta, la cava abierta y la música a decibeles prohibidos.
La guinda sonora: la alarma antiaérea de la Guardia Nacional, que se prueba una vez a la semana (por aquello de la invasión del imperio), y que probablemente ponga los pelos de punta a más de un europeo que padeció la guerra.
Allí vivían personajes variopintos que durante más de 20 años matizaron mis calles: Julio que vendía quesos durante el día y droga en las noches, la flaca marimacha que distribuía "caramelos" de marihuana a los liceístas, Don José el mecánico gallego que parecía haber nacido adosado a su boina, Del Valle el Kioskero solidario como ninguno, El Gocho, el único lavacarro sobrio de la cuadra, y el Sr Giraud, recordando con nostalgia sus días juveniles en Río de Janeiro. Y el otro Julio, con su sonrisa de viejo resignado, levantando a sus dos chamitos a fuerza de cuidar carros, enmudecido por dos ACVs, siempre agradecido por los juguetes que mis hijos ya no querían. Y otro Julio más, el floristero pavosaurio, prendado de mi hija desde que de chiquita le compró un ramo de flores. Guardó ese billete de 20 Bs, y tal como prometió, se lo devolvió en sus 15 años, junto a un hermoso ramo de flores y un paseo en su Harley Davison.
Si tenías suerte, podías tropezarte con Carlos Sicilia, el humorista más amargado del mundo, y seguirlo un par de cuadras para verlo insultar a los infractores morales, y ofrecerle coñazos a un conductor que no esperó lo suficiente para que él cruzara. Si tenías mucha más suerte, te conseguías a Malula (la concejal de Radio Rochela), ya muy viejita. Al saludarla, te devolvía con cálida sonrisa el más genuino y cariñoso saludo que puedas encontrar sobre esta tierra.
Si eras amante de la arquitectónica inédita, tenías un abanico de sorpresas en cada rincón. Podías descubrir por vez primera, a través de una enredadera recién cortada, una auténtica casa colonial asfixiada por las sombras y el olor de los mangos podridos, o deleitarte con algún detalle no visto en la casa hecha toda de hierro, visitada por estudiantes de arquitectura de todo el mundo, o descubrir que el techo de el Convento de San José de Tarbes está hecho de vigas de madera, o adivinar en una pared una taquilla del antiguo hipódromo, o paladear la hermosa Villa Zoyla, plagada de militares, ignorantes de la joya histórica que machacan sus botas.
Ahora vivo en el Este, en una calle ciega con vigilancia privada, de edificios modernos idénticamente parcos, apartada de todo, sin negocios ni tránsito, incrustada entre un monte y un valle verdemente vegetal. Por estas veredas no camina la gente, pues hay que tomar el auto hasta para comprar el pan.
A veces, cuando mis pasos resuenan en las paredes de las calles vacías, y los árboles rasgan en jirones la niebla que amortigua el escándalo de las guacharacas, o cuando una dulce llovizna dibuja un arcoiris sobre el pequeño valle, o cuando en las tardes suaves y lentas de cielo azul intenso, las guacamayas tricolor quiebran el silencio asfixiante del monte verdidorado, yo confieso, extraño El Paraíso.
sábado, 12 de julio de 2014
La Dama de Blanco
Cuando el peñero nos dejó en el muelle de Dos Mosquises Sur bajo un sol vertical, no había una sola alma en aquella franja de arena blanquísima, marginada entre un mar de azul cristal, y una fila de casas y palmeras. Por puro instinto tomamos nuestros morrales y nos fuimos hacia las casas más bajas de la izquierda. En la cocina conocí por primera vez a José Ana, al Mocho (le faltaba un dedo de la mano), y a las arepas fritas con huequito en el medio.
Nos indicaron nuestras habitaciones, y el trabajo empezó de inmediato.
A los pocos días, el Mocho ya nos había bautizado como Angela Ñeca y Genaro Mono, en recuerdo de ciertos personajes de su Margarita natal. Mientras que El Mocho era dicharachero y gracioso, José Ana, técnico de amplia trayectoria en las ciencias marinas, era por el contrario seco, parco y estricto. Siempre tuve la sensación de que pensaba que nosotros habíamos ido a Dos Mosquises a pasarla bien, y por eso nos definió un apretado calendario de actividades donde no había lugar para el descanso. Lo que José Ana no sabía, era que Ángela Ñeca y Genaro Mono habíamos ido a la isla a vivir la experiencia de trabajar en una estación biológica marina , y estábamos más que dispuestos a enfrentar no solo los retos típicos de un biólogo en semi aislamiento, sino también aquellos que involucraban el mantenimiento de una infraestructura en medio del mar.
Uno de las tareas consistía en estudiar la alimentación del cangrejo Mithrax sobre el coral cacho de venado. Un día le hice notar a José Ana que parecía que el número de cangrejos estaba disminuyendo. No me creyó, y me pidió que los contara, tarea que me llevó varias horas. Los números no mentían: había menos cangrejos. Pero buscamos en el fondo de las bateas y en los filtros, y no encontramos los cangrejos perdidos, ni tampoco restos de sus cuerpos. José Ana concluyó que simplemente había contado mal, y no hizo más comentarios al respecto.
En las noches, había que alimentar a dos grupos de langostas con dos tipos de alimento diferentes: cuerpos de caracol que colectábamos del litoral rocoso, y sardina. Pero José Ana exigía que el alimento se le diera a las langostas a la una de la mañana. Nunca supe si el estudio realmente requería ese horario de alimentación o era otra forma de fastidiar la paciencia, pero en todo caso, me obligaba a mantenerme despierto hasta esa hora, para cumplir con el cometido. Ángela Ñeca (hoy Ángela Stormberg) al principio me acompañaba, pero después optamos por que solo yo fuera el sacrificado.
Una noche, José Ana me advirtió antes de irse a dormir:
-Ten cuidado con la mujer de blanco.
Ante mi mirada interrogante, me explicó que una dama vestida de blanco se paseaba por las noches en la sala de cría. Él mismo y algunos otros habían visto su celaje en la oscuridad, pero nunca nadie pudo detallarla por completo. Salvo una rara excepción paranormal que deberá ser contada en otra ocasión, nunca he creído en fantasmas, así que seguí acudiendo solo todas las madrugadas a la sala de cría, a alimentar a las langostas en completa oscuridad.
Una noche, estaba en el proceso de alimentar a las langostas, cuando escuché claramente unos pasos. Presté atención y levanté la mirada, y me pareció ver algo blanco moverse en la oscuridad entre los tanques de cría de las tortugas Carey. Guardé silencio, y volví a escuchar los pasos, cortos y delicados. Efectivamente, algo blanco se movía entre la fila de tanques del fondo. Muy despacio, empecé a acercarme hacia un lado del pasillo, pero los pasos se fueron hacia el otro. Regresé mis pasos hacia el otro lado del pasillo, y los pasos me evadieron otra vez, moviéndose en dirección contraria.
En un gesto que ahora quiero recordar como de sangre fría, me tiré al suelo y esperé a que aparecieran sus pies. Y allí estaba ella, caminando tras un tanque. Arrastrándome despacio como una iguana, me fui acercando hacia la viga que tenía el interruptor de la luz. Esperé que ella estuviera más cerca, me incorporé y encendí las luces.
Al otro lado del tanque, ella me miraba fijamente. Era espigada, hermosa y pálida, toda de blanco, y casi tan alta como yo. Unas líneas de delineador oscuro a lo Cleopatra, hacían más hermosos su ojos claros. No había espanto en su mirada, más bien reto. Estuvimos varios segundos mirándonos. Una cría de Carey en el tanque entre nosotros, dio un aletazo impertinente, molesta por la luz repentina, pero ni un pestañeo acudió a nuestros miradas. Parecía una tensa escena de duelo de vaqueros en un Espagueti Western. Entonces traté de averiguar cuanto dejaría acercarme. Lentamente, avancé por el pasillo para abordar el suyo, pero ella se movía manteniendo la fila de tanques entre nosotros. Traté de rodearla por el otro lado, con igual resultado. Ella finalmente caminó hasta al borde trasero de la sala. Parada entre el piso de cemento y las verdolagas, miró hacia el oleaje y los manglares de barlovento. Volteó para darme una última mirada altiva, un "volveré" no dicho pero sobreentendido, y saltó hacia el cielo oscuro de Los Roques, preñado de millones de estrellas.
A la mañana siguiente, en el desayuno, le dije a José Ana:
-Debes llamar por radio a Caracas y suspender el proyecto de los Mithrax. Ya se quien se está comiendo los cangrejos.
-¿Cómo que se los están comiendo? ¿Quién?
- Anoche vi a la Dama de Blanco.
José Ana soltó su arepa.
-¿Como es, cuéntame... que pasó? - me preguntó con ojos saltones y migas en su boca.
Lo miré sosteniendo mi arepa frita ensartada por el huequito como un trofeo:
-Es una garza blanca. La más grande que he visto en mi vida.
José Ana soltó una maldición, y esa misma mañana, Caracas ordenó suspender el proyecto y devolver al mar con extremo cuidado los corales y los cangrejos.
Cualquiera pensaría que eliminada una de las actividades, lograríamos tener un poco más de tiempo libre. Pero José Ana invento rápidamente una actividad para rellenar el espacio ocioso: pintar de verde una de las casas.
Una persona normal se hartaría pronto de pintar una casa de a poquito, todas las tardes antes del sol poniente. Pero cuando el sol de la tarde cae lentamente sobre tu espalda bronceada y sudorosa, y mientras pintas, bromeas, ríes y charlas hasta el cansancio con Ángela Ñeca, y tienes una piscina de mar de envidia a cinco metros, y te das un chapuzón y sigues pintando hasta un final de atardecer apoteósico con todos los amarillos, naranjas, lilas y rojos de un abanico Pantone, entiendes entonces que eres un verdadero biólogo marino trabajando en su oficina. Y de algún modo, sientes que realmente estás viviendo.
Doy gracias a José Ana, al Mocho, a Ángela Ñeca, a la bella Dama de Blanco y a todo el personal y los miembros de la Fundación Científica Los Roques, que permitieron, facilitaron y enriquecieron mi estancia en Dos Mosquises Sur. Mi eterno agradecimiento por hacerme descubrir que sí quería ser biólogo marino.
Tiempo después, trabajaría durante muchos años en otra isla más pequeña y vulnerable, rodeada de océano, tiburones y huracanes, repleta de gaviotas y tortugas verdes, que con un diáfano corte dividió mi vida en un antes, y un después.
martes, 12 de noviembre de 2013
La Reina Masai
Era alta, muy alta. Piel canela, espigada, de rasgos finos y andares de venada. Entró en territorio conocido y fue obsequiando una hermosa y franca sonrisa a todas aquellas personas que la observaban desde las mesas.
Pudiera haber pasado por azafata, o incluso modelo de pasarela, pero vestía demasiado sencilla para estar en el aeropuerto, demasiado como en casa, sin una gota de maquillaje, sin una mota de base. Su ropa tenía el uso que dejan los desiertos anaranjados y el sol calinoso. Tomó primero una bandeja, y con la gracia de una diva, fue tomando con dos de sus largos y finos dedos, aquella galleta que quedó en esa mesa, aquellas servilletas que quedaron en la otra, unos restos de pollo empanizado a medio comer, el medio sandwich que abandonó alguien apurado por la salida de su avión.
Con una rápida mirada de gacela, revisó el resto de las mesas sin encontrar lo que buscaba. Se dirigió al cesto metálico de la basura, e introdujo completo su largo brazo. Tras un rápido tanteo, sacó un refresco casi completo. Sonrió (esta vez de triunfo) al confirmar que era de un sabor adecuado a sus gustos, y con otra rápida mirada, ubicó y levantó un pitillo del suelo.
Armada con su sonrisa Pepsodent, retó y venció todas las miradas curiosas en su recorrido. Comiendo su presa de pollo con dos deditos y el meñique erecto, avanzó por el pasillo entre las mesas del fondo.
Con su gracia y su bandeja, la Reina Masai desapareció poco a poco, entre la pompa lenta y silenciosa de las escaleras mecánicas.
Pudiera haber pasado por azafata, o incluso modelo de pasarela, pero vestía demasiado sencilla para estar en el aeropuerto, demasiado como en casa, sin una gota de maquillaje, sin una mota de base. Su ropa tenía el uso que dejan los desiertos anaranjados y el sol calinoso. Tomó primero una bandeja, y con la gracia de una diva, fue tomando con dos de sus largos y finos dedos, aquella galleta que quedó en esa mesa, aquellas servilletas que quedaron en la otra, unos restos de pollo empanizado a medio comer, el medio sandwich que abandonó alguien apurado por la salida de su avión.
Con una rápida mirada de gacela, revisó el resto de las mesas sin encontrar lo que buscaba. Se dirigió al cesto metálico de la basura, e introdujo completo su largo brazo. Tras un rápido tanteo, sacó un refresco casi completo. Sonrió (esta vez de triunfo) al confirmar que era de un sabor adecuado a sus gustos, y con otra rápida mirada, ubicó y levantó un pitillo del suelo.
Armada con su sonrisa Pepsodent, retó y venció todas las miradas curiosas en su recorrido. Comiendo su presa de pollo con dos deditos y el meñique erecto, avanzó por el pasillo entre las mesas del fondo.
Con su gracia y su bandeja, la Reina Masai desapareció poco a poco, entre la pompa lenta y silenciosa de las escaleras mecánicas.
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