lunes, 5 de junio de 2017

Gracias a la Reina

Hace muchos años me quedé sin gasolina manejando por la Autopista Francisco Fajardo, justo frente a la estatua de María Lionza. Aunque muchos conductores lo desconozcan, entre la estatua y la UCV hay un espacio para aparcar. Al apagarse mi vehículo, fui derivando hacia la derecha atravesando lentamente los canales de la autopista, solitaria a esa hora de la madrugada. A pesar de circular por allí casi a diario jamás había notado ese espacio. El empuje del vehículo me dió justo para estacionarme en el largo canal disponible, y noté en la oscuridad un vehículo estacionado adelante del mío.
Cuando estás sin gasolina a las dos de la mañana en una ciudad donde el crimen es un rasgo característico (hablamos de los años 80 y ya Caracas era peligrosa), cualquier posibilidad de ayuda es bienvenida.
Me dirigí al vehículo frente al mío, un Ford Maverick de color indescifrable en aquella oscuridad, digno sobreviviente de un apocalipsis nuclear. Los vidrios estaban subidos del lado del conductor, pero pude notar que había alguien adentro.
Al bajar el vidrio, un espeso y húmedo vaho de marihuana y transpiración humana escapó por la ventana, y entonces pude ver en la penumbra a un hombre de unos 70 años, de tez morena muy arrugada, con una gran cabellera rizada que culminaba en una melena larga y plateada, que le bajaba hasta la mitad de la espalda.
Me saludó con tranquilidad y yo le expuse mi problema. Mientras hablaba con él, noté que sus ojos eran muy claros y que sufría de una especie de estrabismo selectivo. A veces su mirada la dominaba el ojo izquierdo, a veces el derecho. Para hacer la conversación aún más incómoda, noté que acurrucada sobre sus piernas estaba una mascota de pelaje oscuro que oscilaba lentamente una parte no identificable de su cuerpo. Mientras luchaba por identificar el ojo líder sobre el cual concentrar mi mirada, intentaba al mismo tiempo descifrar si aquel borroso animal sobre sus piernas era un cánido, un felino, un lagomorfo o un gremlin.
El no respondió de inmediato. Hechó su cabeza hacia atrás, se llevó un pito a los labios y dió una larga bocanada. Con los ojos cerrados soltó suavemente un hilo de humo por su nariz.
De pronto se levantó la mascota de sus piernas. Aquel animal entre las sombras resultó ser una hermosa joven de piel muy blanca, vestida de negro, con un hermoso cabello azabache, lacio, largo y brillante.
Pedí disculpas muy turbado, pues pocas faltas son más graves que la interrupción de una felatio, incluso cuando ha sido sin intención.
El hombre se incorporó un poco, y me dijo que esperara en mi vehículo. Subió el vidrio nuevamente, y esperé cerca de una media hora. La noche caraqueña tiene siempre esa temperatura perfecta para estar en franela, así que me tumbé en el capot de mi auto a esperar la ayuda, sin ninguna intención de interrumpir nuevamente a tan dispareja pareja.
Por fin salió el hombre. Flaco y fibroso, se acercó muy despacio. Su ojo izquierdo me preguntó si tenía todo lo necesario. Yo había tenido tiempo suficiente para preparar una manguera y un recipiente, así que nos dirigimos a su vehículo.
-Dejame a mí - me dijo su ojo derecho, quitándome la manguera. Introdujo la misma en su vehículo, aspiró con maestría, sacó la gasolina y llenó el recipiente. Luego repitió la operación a la inversa con mi vehículo. Di un par de choleadas al acelerador, y el Ford Fairlane 500 de mi padre encendió a la primera.
Le di las gracias, y le ofrecí unos billetes. Negó el ofrecimiento con un gesto de la mano y por varios segundos sus ojos se pelearon el dominio de la mirada.
- No me des las gracias a mi. Dale las gracias a la Reina- y señaló la estatua de María Lionza.
Asentí, y salí de aquel lugar a buscar una bomba de gasolina.
Fue quizás esa primera aproximación a la Diosa y sus seguidores, la que años más tarde me blindó contra muchos de los injustos prejuicios que se escuchan en nuestros días sobre la santería.
Allí sigue la estatua, o mejor dicho, una réplica idéntica de la original. Le tomé una foto que publicaron en un periódico, y así le rendí un pequeño pero agradecido homenaje a esa Diosa de caderas anchas y nalgas voluptuosas, que durante años ha distraído la mirada cansada de los que padecemos a diario el pesado tráfico caraqueño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario